domingo, 16 de septiembre de 2012

SAN CORNELIO, Papa y SAN CIPRIANO, obispo.

Mientras Cristo permita que haya hombres en el mundo, mientras el mundo exista, mientras haya estantes, y en los estantes libros, leerá los tuyos. ¡Oh Cipriano!, todo el que ama a Cristo, y aprenderá de ti.» Así cantaba Prudencio. Cipriano pasó a la posteridad como el dechado del cristiano. Se admiraba su vida fecunda, su elocuencia dominadora, su amor ardiente a la Iglesia, y, sobre todo esto, aquella muerte heroica que vino a coronar tan admirables virtudes. Hasta que aparezcan San Ambrosio y San Agustín, no se levantará en la Iglesia de Occidente otro hombre como él. Era africano, como Tertuliano, y cartaginés. Tertuliano fue su maestro por medio de sus libros, y sin duda le conoció en su juventud. «Dame al maestro», solía decir cuando pedía una obra suya. La huella del terrible polemista será profunda en su obra literaria y en su vida; pero jamás podrá llenar el abismo que existía entre los dos caracteres, entre Tertuliano, asceta intemperante y astuto sofista, de un lado, y de otro, Cipriano, alma noble y leal. Lo que más nos atrae en San Cipriano, la caridad, la prudencia, el gusto del orden, de la armonía y de la paz, es lo que más falta en su belicoso antecesor. Tiene la ponderación amable de San Basilio, pero con un poco más de rigidez. Conserva un sentimiento muy vivo de sus prerrogativas, defiende sus opiniones con tenacidad obstinada, y en más de una ocasión se imagina guiado por sugestiones directas de Dios. Pero este concepto un poco altivo de su misión, esta firmeza en los principios, no excluyen en la aplicación una diplomacia habilísima, propia de un hombre que posee el más profundo conocimiento de los hombres de negocios.

Como escritor, Cipriano será inferior a su maestro. Sus fuentes cristianas son muy escasas. Tal vez no conocía más que la Biblia y las obras de Tertuliano, a quien sigue constantemente, sin pronunciar su nombre sospechoso. Su cultura es limitada, escasa su filosofía. Había recibido la formación clásica que se daba en las escuelas de retórica, y aplica fielmente los procedimientos estilísticos que le habían enseñado, amoldando su lenguaje a las cláusulas métricas y los periodos de Cicerón. Sus obras se desarrollan en un movimiento oratorio uniforme y tranquilo, que nos recuerda el equilibrio de su alma. Pero si no tiene el ingenio, la variedad, la elocuencia ni el rasgo mordaz de su modelo, nos interesa siempre por la fuerza con que llega al fondo de las cosas y por el interés con que discute y resuelve todos los problemas prácticos que se presentan en torno suyo. Su objeto es convencer, exhortar, confirmar a los fieles y reducir a los contumaces. Y lo hace sin vanidad literaria, aunque sin perder por completo la coquetería de la forma. Su único libro verboso, ampuloso y hasta pedante, es el dirigido a Donato, efusión entusiasta del neófito, en que sobrevive aún el hombre viejo. San Agustín ha observado que la sana seriedad de la doctrina cristiana redimió de baratijas y preciosidades retóricas el estilo de San Cipriano. Sin embargo, no le dio el afán de la especulación, ni la curiosidad de las cuestiones retóricas. Por lo demás, no tuvo tiempo para pensar en metafísicas. Fue, ante todo, un hombre de acción, que tiene la intuición sutil de las almas, que se siente devorado por un misticismo ardiente y operante y que al hacerse hombre de letras, sigue luchando y trabajando. Todo un pueblo, se ha dicho de él, vivió su palabra: cada una de sus predicaciones, cada uno de sus discursos, fue un acto, hasta aquella última hora en que encontró, para responder al procónsul, un silencio más elocuente todavía, y puso en su no, toda entera, aquella alma que antes había derramado en sus palabras.

Cipriano era un convertido. Criado en el ambiente pagano de una rica familia burguesa, buscó en su juventud la gloria y el placer, amó el mundo, estudió la elocuencia y el derecho y la enseñó a la juventud de Cartago. Él mismo dice que sus veinte primeros años fueron poco castos y que llegó a defender la idolatría en sus discursos. Pronto vio que el paganismo jamás podría satisfacer su inteligencia recta y su corazón leal, y esto le movió a estudiar la doctrina de los cristianos. El Evangelio fue una revelación para él; comprendió que había encontrado la verdad, y, alrededor de 235, se entregó a ella con toda su alma generosa, después de unas conferencias que tuvo con un sacerdote llamado Cecilio. Por gratitud a él, se llamó desde entonces Cecilio Cipriano. Su conversión fue radical: vendió sus bienes, distribuyó el precio a los pobres, hizo voto de continencia y ya no volvió a coger un libro pagano. Sus talentos excepcionales y la integridad de su virtud le elevaron en 249 a la sede episcopal de Cartago, a la primera dignidad eclesiástica del áfrica proconsular. Se le pueden aplicar aquellas palabras que dirá él cuando los romanos, dos años más tarde, coloquen sobre la cátedra de Pedro al sacerdote Cornelio: «Se necesitaba una fe muy firme para aceptar aquel honor en una época en que un tirano se ensañaba contra los sacerdotes de Dios, lanzaba contra ellos las amenazas más violentas, y hubiera preferido que le anunciasen la aparición de un competidor antes que la elección de un pontífice.»

Cuando Cipriano fue elegido, la Iglesia estaba en calma; pero a fines de aquel mismo año un edicto de Decio desencadenaba una persecución furiosa. Sus consecuencias en áfrica fueron catastróficas. Aquella tierra, orgullosa de sus cien obispos y de la gloria de Tertuliano, ofrecía el aspecto de una vitalidad vibrante, pero aquel florecimiento era más ruidoso que profundo. A lado de los que desafiaban a los verdugos con gesto teatral. San Cipriano descubre síntomas desalentadores de corrupción y decadencia: el orgullo, el apego a las cosas temporales, el lujo y la fastuosidad en los fieles, la negligencia en el clero y las más tristes rivalidades. El desengaño fue terrible. A la primera notificación del edicto, una multitud de personas, que antes acudían a las iglesias, desfilaron por el Capitolio para ofrecer sacrificios a Júpiter. Iban los notables seguidos de catervas de esclavos, libertos y colonos; iban los padres llevando a sus hijos pequeños y arrastrando a sus mujeres. Los ricos ofrecían cabras, ovejas o bueyes; los pobres quemaban incienso en el altar; todos, cubiertas las cabezas con cintas, velos o coronas, pronunciaban delante de los jueces municipales la fórmula en que se maldecía el nombre de Cristo. Y no faltaron obispos y sacerdotes que se pusieron a la cabeza del cortejo.

Sin embargo, no todos prevaricaron. Hubo resistencias generosas, cuyos protagonistas sufrieron tan valientemente aquellos espantosos suplicios, que los mismos paganos se veían obligados a exclamar: «Hay no sé qué de grande en resistir al dolor y superar los tormentos. Esta mujer tiene un hogar, debe tener hijos; y, sin embargo, ni el amor materno ni el amor conyugal llegan a torcer su voluntad. Hay aquí algo digno de estudio, un valor que es preciso examinar despacio. Debemos hacer caso de una religión por la cual el hombre sufre y acepta la muerte.» Otros prefieren huir, caminando errantes a través de las montañas, a merced de los ladrones, de las bestias salvajes, expuestos al hambre, al frío y la sed. El obispo de Cartago era objeto particular de las pesquisas de los agentes imperiales y del odio del pueblo. Cada vez que la multitud se reunía en el anfiteatro, resonaba el mismo grito: «Cipriano, a los leones.» Cipriano había tomado también la resolución de salvarse con la fuga. Fue una orden de Dios, dice él mismo; y todos los que le rodeaban opinaron que importaba más su conservación que su muerte. Sucede en la Iglesia, le decían, lo que en un ejército: la muerte del jefe, por heroica que sea, puede llegar a convertirse en señal de la derrota.

Desgraciadamente, en Cartago existía un partido hostil, al frente del cual se encontraban algunos sacerdotes ambiciosos que habían considerado como un desaire el encumbramiento de un convertido de la víspera. Aquella huida les sirvió de pretexto para minar su autoridad, esparciendo comentarios desfavorables que llegaron hasta Roma. Cipriano se vio en la necesidad de justificarse, pero la mejor apología de su conducta fue la solicitud admirable con que desde su retiro atendía a los intereses de la Iglesia. Al entrar de nuevo en Cartago, quince meses más tarde, se encontró con graves problemas que resolver. Estaba, ante todo, la cuestión de los caídos durante la persecución, que querían entrar de nuevo en la comunidad cristiana. Había un partido de intransigentes que les excluía de la misericordia divina. Otros, en cambio, les daban las más amplias facilidades. Entre ellos nació la idea de utilizar en provecho de los desertores los méritos acumulados por los confesores de la fe, y de su parte se pusieron los enemigos de San Cipriano. Por muy laudable que hubiera sido su firmeza delante del poder romano, aquellos hombres que habían confesado la fe en medio de los tormentos, no eran todos modelos de elevación moral. Hubo entre ellos algunos que, arrastrados de una vanidad pueril, tomaron en serio aquel oficio de libertadores, sembrando a diestro y siniestro cartas de reconciliación, sin reclamar garantías de arrepentimiento y de penitencia. Fue lo que se llamó, en términos pintorescos, la feria de las cédulas. Cipriano tenía demasiado metido en el alma el sentimiento de la jerarquía para abdicar sus derechos en aquella materia. Además, allí estaba interesado el sacramento de la unidad, según su expresión, es decir, la idea de la solidaridad de los fieles con su pastor. Como era de prever, protestó enérgicamente, proscribió los abusos, y en un Concilio reunido en Cartago, reglamentó el procedimiento oficial para reintegrar a los apóstatas en la sociedad de los cristianos. Sus soluciones son al mismo tiempo firmes e indulgentes; temía que una severidad excesiva precipitase a las almas en la desesperación, y toda su conducta se condensa en aquellas palabras que escribió al Papa San Cornelio: «Conviene a nuestra conciencia poner todos los medios para que nadie perezca de la Iglesia por nuestra culpa.»

La persecución no había terminado todavía. En los primeros meses del año 252, el Papa San Cornelio marchaba desterrado a Civita-Vecchia, donde al poco tiempo «se dormía gloriosamente en el Señor». Vino luego la peste, una peste horrorosa que diezmó las provincias del Imperio. Las calles se cubrían de cadáveres, cesaba de administrarse la justicia, la policía no funcionaba, y los buenos se escondían en sus casas, dejando el campo libre a los malhechores. En medio de aquellos horrores, el obispo de Cartago reunió a sus fieles para hablarles de las obras de misericordia y enseñarles, por los ejemplos de los libros santos, las recompensas debidas a la compasión. «Añadió—dice su biógrafo—que no era un gran mérito socorrer sólo a los nuestros, La verdadera perfección pertenece al que asiste al pagano y al publicano, al que vuelve bien por mal, al que ruega por los enemigos y los pecadores. Otras grandes y bellas palabras nos dijo, y si hubiera podido decirlas en la tribuna del foro, tal vez los gentiles se hubieran convertido en masa.» Organizados por él, los cristianos emprendieron una cruzada de caridad, contribuyendo a ella según las facultades y la posición de cada uno, unos con su trabajo, otros con su dinero, otros con el bálsamo de su celo y su bondad. Cipriano estaba en todas partes con su acción, con su palabra, con su pluma. Enviaba a las iglesias del interior cientos de miles de sestercios para rescatar los cautivos de los númidas; sustentaba a los cómicos, que, al hacerse cristianos, habían tenido que renunciar a su profesión; publicaba sus tratados De la limosna y las buenas obras, De la mortalidad y Del bien de la paciencia; combatía contra los últimos representantes del maniqueísmo, y mantenía los espíritus en tensión continua con la perspectiva de nuevos combates.

En todo era un gran maestro. Pero lo que más nos admira en él no es el doctor ni el polemista, siempre en la brecha, ni el espíritu atento a todos los movimientos de la opinión y dispuesto a intervenir en la lucha: bajo este aspecto se pudo engañar, y todos saben que, a pesar de su buena fe, por nadie puesta en duda, se engañó al llevar demasiado lejos su concepto favorito de la unidad de la Iglesia, poniéndose frente a Roma en la cuestión del bautismo de los herejes. Pero tratándose del gobierno de su iglesia, de la dirección de las almas en medio de las crisis más delicadas y más violentas, San Cipriano es incomparable. Dueño siempre de sí mismo y de los demás, con un sentido muy fino del matiz que debe poner en la voz o en la palabra, levanta los ánimos, abate las resistencias, despierta los heroísmos, exhorta a los mártires, pacifica al clero, somete a los confesores rebelados, se esfuerza por reunir en un haz a todos los combatientes de Cristo y logra reducir a muchos de aquellos que temporalmente habían estado fuera de la milicia divina. «El día de la prueba se acerca—clamaba a los suyos—; lo que va a venir será más terrible que cuanto hemos sufrido hasta ahora; a esta guerra nueva deben prepararse los soldados de Cristo, recordando que beben todos los días el cáliz de la sangre del Señor, a fin de derramar la suya por Él. Lo hombres se ejercitan en el combate del siglo y consideran como una gran honra ser coronados a la vista del pueblo y en presencia del emperador. He aquí el combate sublime que tendrá por testigo a Dios, y en que la corona será entregada por el mismo Cristo. Que los soldados de Dios se pongan en marcha; que cojan sus armas los que han conservado intacta la fe; que los que cayeron se armen también para conquistar lo perdido. Que el honor excite a los unos al combate, que el arrepentimiento aliente a los otros.»

Estas frases parecían presagiar los terrores de la persecución de Valeriano, inaugurada en 257 con un decreto contra los jefes de las iglesias. El obispo de Cartago iba a ser la más ilustre de sus víctimas. Tenemos el proceso verbal de sus dos interrogatorios. Extendido en multitud de copias por sus admiradores, fue leído por todas las iglesias de Occidente. El obispo compareció en el bufete particular del procónsul Paterno.

Los santísimos emperadores—dijo este último—me han enviado cartas por las cuales ordenan a los que no siguen la religión romana que observen para siempre sus ceremonias. Esta es la causa de haberte llamado. ¿Qué respondes?
—Que soy cristiano y obispo. No conozco más dioses que el único Dios verdadero, el que hizo el Cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos; el Dios a quien servimos los cristianos y a quien rezamos día y noche por nosotros, por todos los hombres y por la salud misma de los emperadores.
—¿Perseveras en esta voluntad?—preguntó Paterno.
—Una voluntad buena—dijo Cipriano—no puede cambiar.
—¿Podrías, en consecuencia, marchar desterrado a la ciudad de Curubis?
—Marcho.
—Se han dignado escribirme, no solamente con respecto a los obispos, sino también a los sacerdotes. Quisiera por tanto, saber de ti los nombres de los sacerdotes que moran en esta ciudad.
—Con vuestras leyes—replicó Cipriano—habéis prohibido la delación, y así no puedo descubrirles ni traicionarles. Les podrás encontrar en sus casas.
—Los encontraré—dijo Paterno; y añadió—: Los emperadores han prohibido reunirse en los cementerios. El que no obedezca incurrirá en la pena capital.
—Haz lo que te han mandado—dijo el obispo; y a una señal del procónsul, se apoderaron de él los soldados.

Curubis era una antigua colonia romana situada al sudoeste de Cartago, sitio áspero, desprovisto de vegetación y de agua potable, pero donde no faltó al confesor de la fe una casa confortable, una amable acogida y el consuelo de una continúa afluencia de visitadores, que venían a exponerle sus dudas y a escuchar sus palabras. Tal vez por eso, unos meses más tarde, el sucesor de Paterno, Galerio Máximo, le llamaba de nuevo a la capital para vigilar más de cerca su acción. Cipriano, entre tanto, seguía vigilante los sucesos de la Iglesia universal: se carteaba con el clero de Roma, influía en las Galias e intervenía en las discusiones de las Iglesias ibéricas. Pero su mayor solicitud se fijaba en su propia Iglesia. Vigilado por los perseguidores, seguía dirigiendo a sus hermanos, suavizando las intemperancias de unos, conteniendo los ímpetus de otros y trabajando por el gran ideal de su vida: la paz y la unidad. Habiendo sabido que pensaban llevarle a Utica, donde estaba el procónsul, huye de nuevo, porque un obispo debe confesar a Dios en la ciudad donde está su Iglesia. Así se lo dice a sus fieles en una carta que es como el testamento de aquella noble vida episcopal. Y luego añade estos consejos, en que se refleja, como siempre, el hombre de gobierno, la voz de la prudencia, el acento de la autoridad y la preocupación generosa del honor del hombre cristiano: «Vosotros, hermanos queridos, en nombre de la disciplina que os he enseñado siempre, según los preceptos del Señor, permaneced en la calma y en el reposo. Que ninguno de vosotros alborote en medio de sus hermanos; que ninguno se entregue espontáneamente a los gentiles. Sólo cuando uno ha sido detenido, tiene el deber de hablar, o, mejor, de dejar hablar al Señor, que reside en nosotros y que quiere que confesemos, no que provoquemos. Tengo otras cosas que deciros, pero os las comunicaré antes que el procónsul dicte la sentencia.»

Estas cosas tal vez no llegó a escribirlas. Habiendo vuelto el procónsul a Cartago, el obispo salió de su escondrijo, y al día siguiente dos empleados de la curia proconsular se presentaron en «sus jardines» acompañados de gente armada. Cipriano salió a su encuentro, subió a un coche que le tenían preparado y pasó aquella noche en la casa de uno de los agentes que le habían detenido. Se le trató con los mayores miramientos. Los comensales habituales del obispo se reunieron por última vez bajo aquel techo hospitalario. Una multitud de fieles, temerosa de que su pastor fuese ejecutado de una manera imprevista, rodearon la casa; pero el obispo, que seguía pensando en todo, ordenó que las mujeres jóvenes se retirasen. Así lo hicieron, quedando los demás. Hubiérase dicho, exclama su biógrafo, una de aquellas santas vigilias que preceden a la fiesta de un mártir. Cuando, a la mañana siguiente, Cipriano salió en busca del procónsul aquella multitud se fue con él. Introducido en una sala de espera, sentóse en una silla que estaba casualmente adornada como las cátedras episcopales. Estaba descansando y enjugándose su sudor, cuando un teserario, que era cristiano oculto y le veneraba secretamente, se acercó a él y le ofreció un vestido nuevo, a fin de conservar aquel que se había humedecido con el último sudor del mártir.
—Es igual—dijo Cipriano—; hoy probablemente va a cesar todo sufrimiento.
Y estaba terminando de hablar, cuando vinieron a buscarle.
—¿Tú eres Cipriano? — preguntó el procónsul Galerio Máximo.
—Yo soy—respondió él.
—¿Tú te has hecho papa de estos hombres sacrílegos?
—Sí.
—Los santísimos emperadores han ordenado que sacrifiques.
—No lo hago.
—Reflexiona.
—En una causa tan justa no hay reflexión posible. Haz lo que te han mandado.
Galerio se volvió hacia su consejo, y después de cambiar con él algunas palabras, dictó la sentencia: «Tú has vivido como un sacrílego, has reunido en torno tuyo muchos cómplices de tu culpable conspiración, te has hecho enemigo de los dioses de Roma y de sus santas leyes. Fautor de grandes crímenes y portaestandarte de tu secta, servirás de ejemplo a los compañeros de tu maldad: tu sangre será la sanción de las leyes.» Dichas estas palabras, leyó la sentencia en las tablillas: «Ordenamos que Cipriano muera por la espada.» El mártir murmuró: «Gracias a Dios.»

Una inmensa gritería se levantó alrededor del pretorio: «También nosotros—decían—queremos ser decapitados con él.» Una muchedumbre numerosa y bulliciosa siguió a los soldados hasta el lugar de la ejecución. Muchos subían a los árboles para ver mejor. Cipriano cayó de rodillas, se quitó el manto y rezó con el rostro pegado en tierra. Despojóse luego de la dalmática, y cubierto sólo de una túnica de lino, aguardó al verdugo. Cuando éste llegó, generoso hasta el fin, Cipriano ordenó que le diesen veinticinco monedas de oro. En torno suyo, los cristianos extendían lienzos y toallas para recoger su sangre. Él mismo se vendó los ojos; un sacerdote y un subdiácono le ataron las manos, y así recibió el golpe mortal. Al anochecer, los cristianos vinieron en busca de su cuerpo, cantando himnos y llevando luces. Era el 14 de septiembre del año 258.

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