jueves, 18 de enero de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, cuando David volvía de matar al filisteo, salieron las mujeres de todas las ciudades de Israel al encuentro del Saúl, para cantar danzando con tambores, gritos de alborozo y címbalos.
Las mujeres cantaban y repetían al bailar:
«Saúl mató a mil, David a diez mil»
A Saúl le enojó mucho aquella copla, y le pareció mal, pues pensaba:
«Han asignado diez mil a David y a mil a mí. No le falta más que la realeza» Desde aquel día Saúl vio con malos ojos a David.
Saúl manifestó a su hijo Jonatán y a sus servidores la intención de matar a David. Jonatán, hijo de Saúl, amaba mucho a David, y le advirtió:
«Mi padre busca el modo de matarte. Mañana toma precauciones, quédate en lugar secreto y permanece allí oculto. Yo saldré y me colocaré al lado de mi padre en el campo donde te encuentres. Le hablaré de ti veré lo que hay y te lo comunicaré». Jonatán habló bien de David a su padre Saúl. Le dijo:
« No hagas daño al rey a su siervo David, pues él no te ha hecho mal alguno y su conducta ha sido muy favorable hacía ti. Expuso su vida, mató al filisteo y el Señor concedió una gran victoria a todo Israel. Entonces te alegraste al verlo, una gran victoria; bien que te alegraste al verlo. ¿Por qué hacerte culpable de sangre inocente, matando a David sin motivo?». Saúl escuchó lo que le decía Jonatán, y juró:
«Por vida del Señor, no morirá».
Jonatán llamó a David y le contó toda aquella conversación. Le trajo junto a Saúl y siguió a su servicio como antes.


En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.
Al enterarse de las cosas que hacia, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón. Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío.
Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo. Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él, y gritaban:
- «Tú eres el Hijo de Dios.»
Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.

Palabra del Señor.

Santa Margarita de Hungría

Es el año 1241. En este año la primavera se presentó excepcionalmente temprano y las hojas de los árboles de los bosques de los Cárpatos empezaron a tomar un color verde pálido. Los valles transmitían los ecos de los cortes de hacha en seis puertos carpatienses; 15.000 hombres cortaban el bosque y removían las barricadas fronterizas para abrir el camino delante de los ejércitos tártaros del kan Batu. Como una corriente gigantesca, sucia, que atraviesa los diques, se echaron estos ejércitos en cuatro columnas, sobre la desgraciada Hungría, para encontrarse sobre su cadáver con el quinto ejército, que tenía por objeto atacar a Hungría desde el Noroeste, después de avasallar a Polonia y así completar su cerco estratégico. Este último ejército incendió Cracovia, magnífica ciudad polaca; el 9 de abril, en una batalla en extremo sangrienta, batió cerca de Liegnitz al ejército de Enrique II, príncipe de Silesia, entonces uno de los monarcas más poderosos de Polonia, y de allí se dirigió hacia Hungría. El objetivo más importante fue la conquista de esta nación, el Estado más poderoso de Europa oriental y llave de toda Europa, a esta invasión debía seguir el año próximo la conquista de Alemania, lo mismo que de los demás Estados de Europa, según la idea de conquista universal del gran kan Ogotaj, hijo de Dsingis Khan.

Detrás de este ejército, como reserva inmensa, había un Imperio gigantesco, hasta entonces nunca visto, cuyas fronteras se extendían en 1241 del Océano Pacífico a los Cárpatos y al río Vístula, y de la zona glacial ártica al mar Negro, al golfo Pérsico y al Océano Indico. Este territorio inmenso lo forjó un hombre, el genio organizador y militar de Dsingis Khan, para convertirlo en un Imperio militar para la conquista del mundo, y de él lo tomó en herencia su hijo, el gran kan Ogotaj, con todos sus objetivos.

Occidente ignoraba todos estos acontecimientos, y durante mucho tiempo, al parecer, tampoco quiso enterarse de ellos. Durante ciento cuarenta años Europa no conoció otro enemigo que los turcos, poseedores de Tierra Santa, y no vió otro problema, aparte de la lucha por el poderío mundial del Papado con los dos grandes Imperios.

Europa seguía en su camino, y el asalto del poder mundial tártaro tuvieron que soportarlo dos países solos: Polonia y Hungría. Dos dias después de la derrota de los polacos en Liegnitz, el 11 de abril de 1241, al lado del río Sajó, se desangró la Hungría del rey Bela IV, para cuya ayuda no se movió un brazo de parte de la Europa cristiana Al mediodía la tragedia húngara estaba terminada y el campo de batalla al lado del río Sajó lo cubrían 32.000 muertos. Pereció la crema de la clase histórica húngara y al frente de la misma—para su gloria imperecedera—, casi en número completo, los príncipes de la Iglesia católica. Ugrin, el arzobispo heroico de Kalocsa, descendiente del príncipe Szabolcs, que ya previamente se distinguió en las luchas de Tierra Santa, tres veces rechazó el ataque concéntrico de los tártaros, hasta que, finalmente, fue destrozado por fuerzas superiores. Aparte de él, cayeron el primado del país, otros cinco obispos, siete prebostes, cuatro abades, lo mismo que los caballeros templarios de Vrana hasta su último hombre, conducidos por su maestre, de origen francés. De los altos cargos seculares casi ninguno quedó con vida; el príncipe Kolomán—hermano menor del rey, rey de Croacia y Eslavonia,—huyó con herida mortal. El condestable, el juez supremo, el tesorero, el virrey de Croacia, quedaron muertos en el campo de batalla. Porque morir supo siempre el húngaro, tanto en 1241 como en 1526, cuando contra los poderosos ejércitos de Solimán II volvió a conducir 28.000 húngaros a muerte gloriosa el arzobispo de Kalocsa.

El kan Batu, a pesar de la gran victoria, no quedó contento con el resultado. Quiso de todos modos prender al rey, para disponer del país, según su antejo, a través de su persona. Pero el rey fue estrechamente rodeado de valientes dispuestos al sacrificio, fue defendido contra los golpes mortales y, pudiendo atravesar con éxito el circulo cada vez más estrecho de los tártaros, le pudieron salvar del poderio de sus enemigos. El rey se pudo escapar y se encaminó a la costa dálmata del mar Adriático, adonde, con mucha antelación, envió a su mujer, que estaba encinta, y a sus hijos.

Aquí vino al mundo, en el castillo rocoso Klissa de la costa, al principio de la primavera del año 1242, Santa Margarita de la casa de Arpad, y desde este momento se vincula la historia de su vida inseparable y orgánicamente con la historia de su patria desgraciada.

Santa Margarita—décima hija de sus reales padres-— vino al mundo en un periodo en que la tragedia húngara estaba en su culminación, y se pudo considerar como hecho consumado el aniquilamiento completo y perfecto de Hungría.

Después del asesinato de un tercio de la población total de su reino y de la mayoría de los hombres que podian tomar las armas, ya no pudo pensar en una resistencia eficaz, y solamente aquí, en los castillos rocosos de la costa dálmata, pudo tratarse de salvar la vida de aquellos que, cuando todo estaba perdido, rodearon a la familia real.

El castillo de Klissa no pudo acoger el crecido acompañamiento real y el tropel de mujeres refugiadas. Por esto la familia real trasladó su residencia a la isla cercana de Trau, dispuesta a seguir su huida si los tártaros, acercándose, hubieran conseguido asediar la isla.

La ceremonia del bautizo la efectuó al aire libre, en presencia de todos los refugiados, el obispo de Pécs, Bartolomé. Este fue uno de los pocos jerarcas eclesiásticos húngaros que sobrevivieron. Se libró de la muerte debido al hecho de acudir desde gran distancia, llegando tarde a la batalla que se desarrolló al lado del Sajó, y sí pudo alcanzar al cortejo del rey en la isla de Trau. La multitud, dispuesta a morir, cayó de rodillas en oracion; solamente el rey y el obispo quedaron de pie. Y entonces Bela IV, elevando sus ojos al cielo, abriendo los brazos y con la cabeza descubierta, hizo un voto. Repitió aquel voto formulado por el matrimonio real antes del nacimiento de la niña, a la cual, recién nacida, ofrecen a Dios y la consagran a su servicio. "Señor Jesús, te consagro esta niña; haz, Señor, que vuelva a existir Hungría; vuelve a ser misericordioso y salva a tu pueblo, y jamás nuestros labios y nuestro corazón dejarán de darte las gracias." Así suplicó el rey, completamente abatido, y la multitud sollozaba. Pero después todo el mundo se fue para armarse, seguros de que los tártaros vendrían a atacar bajo el velo de la noche. Así se desarrolló el bautizo dramático que imprimió su sello a toda la vida de esta niña sacrificada. Vino la noche y, en espera ansiosa, la medianoche, y después la aurora. Pero. con la mayor sorpresa de los habitantes de la isla, el ataque esperado no se presentó; al contrario, en la costa marítima opuesta el silencio percistió de hora en hora.

Los defensores de la isla sospecharon algún ardid y pasaron días hasta que el enigma se aclaró y se conoció la retirada de Ios tártaros, porque en los primeros dias de abril de 1242 la mano de Dios barrió definitivamente de la Hungría huérfana las huestes del kan Batu. Los tártaros, lo mismo que llegaron como una tormenta, se volvieron de repente en pocos dias, dejando atrás un país ensangrentado con miles de cadáveres sin enterrar.

El rey Bela y su esposa, de origen griego, María Laszkaris, muy piadosa, hija del emperador Teodoro Laszkaris, de Nikea, no se olvidaron del voto formulado en los días de ansiedad y desgracia, y enviaron el año 1246 a Margarita, niña de cuatro años, a las monjas dominicas El matrimonio real obró así por consejo de sus confesores dominicos, los que obtuvieron de este modo para su Orden la gloria de la educación y dirección espiritual de la niña. Desde Veszprem se trasladó Margarita, en 1252, teniendo diez años de edad, al monasterio fundado y construido en la isla del Danubio por su padre, fiel a su voto, para acoger a la comunidad, a la que ayudó también abundantemente con donativos. En la isla que entre los dos brazos del Danubio está situada, por decirlo así, en el corazón de la capital húngara, al mismo tiempo se construyó un castillo real para que los reyes pudieran estar lo más cerca posible de su querida hija menor. Así se convirtió la llamada "isla de las liebres"—la cual, con un edificio para la caza, solamente sirvió antes para distracción de los cazadores—en la isla de Santa Margarita, lugar sagrado y aún notable desde el punto de vista histórico, donde en los años del porvenir se desarrollaron no pocas veces acontecimientos y se adoptaron decisiones graves.

Margarita fue una figura histórica, en cuya persona se concentraba toda la confianza y esperanza de la Hungría aterrada bajo los horrores del paso de los tártaros, a quienes aún temía, y que sintió y cumplió esta misión con absoluta conciencia.

Aún en el texto del documento fundacional del convento se transparente el temor del rey fundador por los horrores de una nueva invasión. Pero aquí está Margarita, la fiadora ofrecida a Dios: en ella se confía el país y también sus propios padres, y no se puede arrebatar al pueblo húngaro la creencia de que la santidad de su vida y sus oraciones son la fuerza que aleja a los tártaros. Y ella acepta esta misión: se ofrece decidida, con pleno conocimiento, a Dios en holocausto de su pueblo sufrido, ensangrentado y menguado, y por su padre, que se enfrenta con la tarea titánica de una nueva fundación de la patria. Esta aceptación voluntaria, este ofrecimiento a Dios es el fundamento y el sentido de su vida. Bajo este aspecto tenemos que juzgar su santidad, y todas las fases de su existencia y sus actos son únicamente función y consecuencia logica de esta vocación suya al servicio constante del gran objetivo. El temor por la suerte de su país, de su pueblo, eleva la causa húngara a ser causa de la cristiandad universal: "Pido a Dios en interés de los cristianos para que no vengan los tártaros." Así reza, pero no teme por causa suya a los tártaros; todo lo contrario, no tendría otro deseo más ferviente que morir mártir por Cristo si esto no perjudicara la gran finalidad de su vida, que consistía en la salvación de su pueblo.

Para que su súplica fuese escuchada por Dios, Margarita procura llegar en el camino de la santidad hasta la eficiencia máxima. Por eso disciplina su débil cuerpo "hasta que alrededor suyo brilla la habitación". Por eso reza hasta que su meditación, su unión con Dios, se convierte en un estado de éxtasis Y por eso lleva la humildad hasta tales extremos que inclusive a la superiora de la Orden le parece excesiva y quiere prohibir a Margarita los más humildes y ásperos trabajos serviles.

Merece un juicio y mención muy especial la manera de orar de Margarita, que no lo hace según textos fijados de antemano, sino que es un aleteo del alma hacia la Divinidad infinita; unión con Cristo ya en esta vida terrena. Semejante oración es éxtasis; es un desprenderse de la vida terrena, incluyendo nuestro cuerpo: un separarse de todo lo que nos rodea, y no repite un texto en forma fija y determinada. Es a modo de una disolución de todo nuestro ser en la Divinidad, que no está y no puede encerrarse en la cárcel de las palabras. El alma como una nube amorfa, de color rosa, sobrepasando todos los records de velocidad, según el concepto terreno, en segundos se sitúa a los pies del Hacedor, produciendo un aturdimiento dulce a la persona afortunada y feliz a quien se ha concedido la gracia de semejante estado de delicia espiritual. ¿Quien pudiera describirlo? ¿Con qué palabras expresarlo? Asi aconteció a Margarita. No podía explicar a los que la interrogaban, cómo eran sus oraciones y aún mucho menos lo que sentía cuando oraba. Sus actos de devoción los acompaña, según las indicaciones de los hijos de Santo Domingo, con oración activa: genuflexión, venia y postración con los brazos extendidos, aumentando así la intensidad de la devoción.

El convento de las dominicas de la "isla de las liebres", después de su terminación en 1252, fue objetivo del interés del pueblo y un lugar de peregrinación. Desde comarcas lejanas del país venían para ver a la Margarita de diez años pobres y ricos, siervos y nobles, y aquí residían con el mayor gusto, cerca de su querida hija y en su castillo construido, el rey Bela y su mujer. Aquí descansaban de los trabajos y preocupaciones por la reconstrucción de un país en ruinas y se reponían de tantos dolores y amarguras como sufrieron durante su reinado de treinta y cinco años. A su vez Margarita, a medida que progresaba en edad, avanza en sabiduría, y paulatinamente se convierte en autoridad, cuya opinión se pide, y los asuntos litigiosos se someten a su juicio. Y la isla y el convento dominicano es el lugar donde buscan y encuentran, el justo y el pecador, fuerza, salud, descanso, lenitivo, corrección y consejo.

Tenía dieciséis años Margarita cuando hizo sus votos y entró definitivamente en la Orden de las monjas dominicas. Esto sucedió—independientemente de las instituciones de la Orden—siguiendo los deseos de sus reales padres y con una motivación muy profunda. En parte, porque los miembros de la familia real—según costumbre jurídica plurisecular—se consideraban siempre mayores de edad desde los dieciséis años y só'o se exceptuaban de esta norma aquellos miembros femeninos que se habian casado antes de llegar a este limite de edad. Pero también jugó un papel en la decisión real otra razón diferente, mucho mas grave. Los reales padres querían mitigar su grave responsabilidad moral y deseaban hacer posible que Margarita, ya adulta y con juicio maduro, decidiera por sí sobre su destino y porvenir. Para que no se considerase forzada e influida, el arzobispo de Esztergom. Felipe, primado del país, no demoró la comunicación a Margarita de que tenía autorización del papa Alejandro III de relevarla del voto hecho por sus padres en la isla de Trau, si esto convenia a los intereses del país o bien si Margarita no sentía vocación. Toda esta preocupación se mostró superflua y quebró en la decisión firme de Margarita. "Nunca seré novia sino de Cristo", dijo, e hizo suyo el voto hecho en su día por sus padres, y así quedó ahora ya definitivamente habitando el claustro insular y siendo su flor más bella.

Es comprensible y natural que la fama de esta flor hermosísima atravesara las fronteras del país y llegara muy lejos al extranjero. Tantas cualidades excelsas: santidad de vida, sabiduría y belleza excepcional, no pudo quedarse en secreto, y la fama llegó a los oídos de Ottokar II, rey de Bohemia y Moravia. Al principio de la primavera de 1261 se presentó una embajada brillante en la isla y pidió la mano de la virgen real para el rey, en la cumbre de su poderio. Los reales padres y el primado del país no pusieron obstáculos. Como tres años antes, así también entonces confiaron a Dios y a Margarita la decisión. El primado se contentó con repetir delante de Margarita el punto de vista inalterable de la Sede Apostólica, regentada ya entonces por el papa Urbano IV, que le abrió vía libre para elegir su carrera futura.

El encuentro histórico, el gran acto de petición de mano, tuvo lugar en el castillo real de la isla.

Una espera tensa y atenta llenaba la sala del palacio real cuando entró allí Margarita, acompañada de la priora del convento. Con la cabeza inclinada escuchó hasta el final las palabras de homenaje de Ottokar, que avanzó hacia ella e hizo su petición de mano profundamente inclinado, con la mano puesta en el corazón. Después con noble sencillez contestó tranquilamente así: "Me honras mucho, rey valiente y poderoso, al desear que sea tu mujer, y está muy lejos de mí despreciar la vocación de esposa. ¿Cómo pudiera hacerlo, teniendo presente el ejemplo de la bienaventurada Virgen Madre, como también de mi propia madre querida, de quien soy décima hija? Pero yo no he nacido para ser esposa y madre. Mi tarea es completamente diferente. Por eso te pido que te vayas en paz y sin enojarte, y busca para ti una esposa que pueda hacerte dichoso. Yo, rey, no podría hacerte feliz". Ottokar, a su vez, quedó pesaroso y aún dos veces más intentó, por medio de embajadores, convencer a Margarita, pero en vano.

También Carlos de Anjou, que buscaba a través de Hungría el camino de la realización de sus proyectos, para lo cual consideraba lo más a propósito el casarse con la hija del rey de los húngaros, envió una embajada en 1269 a la corte del anciano rey Bela y le pidió para su señor la mano de la princesa Margarita. Tampoco se realizó este matrimonio. Uno de los hijos de Carlos de Anjou, Carlos el Cojo, príncipe de Salerno, se comprometió con la princesa María, e Isabel con el príncipe, que después se convirtió en Ladislao IV, rey de Hungria, enderezando así el camino para el próximo y brillante reinado de la familia de Anjou en Hungría, familia que convirtió a dicho país en uno de los Estados más poderosos de la Europa oriental de entonces.

Mientras todo esto ocurría se marchitaban las rosas en el semblante de la bella Margarita. El ascetismo exagerado, el disciplinar su cuerpo, los azotes, los ayunos, la oración prolongada durante horas, hasta perder el conocimiento, la quebrantaron la salud. En el momento de la segunda petición de mano ya fue una persona envejecida prematuramente, encogida, pequeña, dispuesta para la muerte, sobre cuya cabeza ya brillaba hacía tiempo la gloría ultraterrena. Contribuyeron a su muerte prematura el sufrimiento y las luchas de su patria y su familia, todo lo cual supo sentir y sufrir, centuplicado, el corazón de tan gran patriota y buena hija. Porque fue ella húngara con todas las gotas de su sangre; digna hija del gran rey que sentía con su pueblo y reconstruyó su país. En 1301 se extinguió esta dinastía noble, llena de buenas cualidades, grande y nacional. Fue un gran golpe y una pérdida irreparable para el pueblo húngaro, y la bella Margarita—casi al mismo tiempo que sus padres—dejó los espacios terrenos, lugar de su vida sacrificada y de renunciación, el día de Santa Prisca, 18 de enero de 1270. Cumplió su gran cometido, de acuerdo con la convicción firmisima de todo el pueblo húngaro, y salvó a su patria. Subió a su Esposo divino, por cuya gracia rechazó el homenaje de brillantes y poderosos reyes de esta tierra.

Santa Margarita de los Apád, te pedimos sollozando, ya que eres quizá entre nuestros santos húngaros la más grande y la más húngara, que sigas haciendo tú lo que no has dejado de hacer aquí abajo; ruega por tu patria pisoteada, aplastada y ensangrentada. Tu pueblo húngaro sufre hoy de la misma manera que entonces en tu tiempo. Sangra de la misma manera por el Occidente ingrato, abandonada, sin ayuda, como hace setecientos años.

miércoles, 17 de enero de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, Saúl mandó llamar a David, y este le dijo:
«Que no desmaye el corazón de nadie por causa de ese hombre. Tu siervo irá a luchar contra ese filisteo».
Pero Saúl respondió:
«No puedes ir a luchar con ese filisteo. Tú eres todavía un joven y él es un guerrero desde su mocedad». David añadió:
«El Señor, que me ha librado de las garras del león y del oso, me librará también de la mano de ese filisteo».
Entonces Saúl le dijo:
«Vete, y que el Señor esté contigo».
Agarró el bastón, se escogió cinco piedras lisas del torrente y las puso en su zurrón de pastor y en el morral, y se avanzó hacía el filisteo con la honda en la mano. El filisteo se fue acercando a David, precedido de su escudero. Fijó su mirada en David y lo despreció, viendo que era un muchacho, rubio y de hermoso aspecto. El filisteo le dijo:
« ¿Me has tomado por un perro, para que vengas a mi con palos?». Y maldijo a David por sus sus dioses.
El filisteo siguió diciéndole:
«Acércate y echaré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo». David le respondió:
«Tú vienes contra mi con espada, lanza y jabalina. En cambio, yo voy contra ti en nombre del Señor del universo, Dios de los escuadrones de Israel al que has insultado. El Señor te va a entregar hoy en mis manos, te mataré, te arrancaré la cabeza y hoy mismo entregaré tu cadáver y los del ejército filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra. Y toda la tierra sabrá que hay un Dios de Israel. Todos los aquí reunidos sabrán que el Señor no salva con espada ni lanza, porque la guerra es del Señor y os va a entregar en nuestras manos». Cuando el filisteo se puso en marcha, avanzando hacia David, este corrió veloz a la línea de combate frente a él. David metió su mano en el zurrón, cogió una piedra, la lanzó con la honda e hirió al filisteo en la frente. La piedra se le clavó en la frente y cayo de bruces en tierra.
Así venció David al filisteo, con una honda y una piedra. Lo golpeó y lo mató sin espada en la mano.
David echó a correr y se detuvo junto al filisteo. Cogió su espada, la sacó de la vaina y lo remató con ella, cortándole la cabeza. Los filisteos huyeron, al ver muerto a su campeón.


En aquel tiempo, entró Jesús otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada.
Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.
Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada:
-«Levántate y ponte ahí en medio.» Y a ellos les preguntó:
-«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?»
Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre:
-«Extiende la mano».
La extendió y su mano quedó restablecida.
En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él.

Palabra del Señor.

San Antonio Abad

El lector habrá de hacer un esfuerzo y trasladarse con nosotros muy lejos, en el tiempo y en el espacio. Debemos situarnos en el bajo Egipto, cerca del gran Delta del Nilo, al Sur de Menfis, en un pequeño poblado, Queman, que seguramente se identifica con el actual Quaeman - el -‘Arous, allá por la segunda mitad del siglo III.

Era Egipto, en aquellos tiempos agitados por las herejías, en especial por el arrianismo, foco de correcta ortodoxia y cuna de varones ilustres, luchadores gigantescos contra Arrio y sus secuaces. No obstante las persecuciones, florecía la Iglesia en todo sentido y es entonces cuando comienza a notarse el fenómeno de algunos cristianos que, ansiosos de llevar una vida más perfecta, de acercarse más a Dios sin los estorbos que puede ofrecer el trato con los demás, abandonaban la vida de familia, yéndose a vivir a pequeñas casas situadas cerca de los pueblos donde tenían sus moradas y allí, relativamente solos, se dedicaban a una vida de austeridad y de contemplación.

Entre los ascetas que rodeaban la villa de Queman comenzó a verse, hacia el año 269 (6 271), un joven de dieciocho o veinte años, llamado Antonio.

Era, ciertamente, un joven singular. Sus padres, que acababan de morir, habíanle dejado una copiosa herencia y el cargo de tutelar a una hermaníta menor. Un buen día Antonio entra en la iglesia y escucha del sacerdote las palabras evangélicas: "Ve, vende lo que tienes. dalo a los pobres..." Fue a los seis meses de quedar huérfano, deja sus tierras y posesiones a sus convecinos; vende todos sus muebles, reservando solamente lo necesario para el sustento de su hermana. Pero otra vez escucha en la iglesia la voz del Evangelio que le amonesta a no atesorar para el día de mañana, dejando a Dios todo cuidado. En consecuencia, se despoja definitivamente de todo, confía su hermana a un grupo de vírgenes que observaban los consejos evangélicos viviendo en común y, rompiendo todas las cadenas que le sujetaban al mundo, a imitación de un asceta que vivía a las afueras del pueblo, comienza en una a modo de ermita vida retirada y ascética.

Pasaron años. Luchaba Antonio con todas sus fuerzas por adelantar en el camino emprendido. Frecuentaba el trato de los ascetas vecinos, codicioso de aprender de ellos los secretos del reino de Dios, de imitar sus virtudes. Comenzó a extenderse su fama.

Sí es cierto que todos los santos brillan con fulgor espiritual propio, parece que a San Antonio quiso elegirle Dios para enseñarnos a los demás hombres a luchar contra el demonio. Efectivamente, ya en este primer retiro el enemigo le asalta constante y visiblemente con tentaciones, de impureza sobre todo. Antonio lucha virilmente. Siguiendo el consejo evangélico se da a la oración y al ayuno. Come una vez al día solamente. Pasa las noches en vigilia. Dentro de semejantes luchas y trabajos, Antonio siente en el alma una potente voz interior: la llamada de la soledad absoluta. Había aprendido cuanto los demás podían enseñarle; era capaz ya, sin temeridad alguna, de verse a solas con Dios. Huye hacia los montes líbicos. Encuentra una tumba vacía. Un amigo se presta a llevarle de cuando en cuando el alimento imprescindible. El demonio redobla sus ataques, causando a veces ruidos tan fuertes que daban espanto. Se le aparece bajo la forma de terribles fieras que le originan sufrimientos indecibles; con el aspecto de hermosas mujeres que le invitan a la fornicación. Tan duras son las batallas que ha de sostener, que, en una ocasión. el amigo que le llevaba de comer le encuentra a la entrada de la choza completamente exánime. Creyéndole muerto, se lo lleva a la población vecina y cuando está disponiéndole los funerales, Antonio se recobra y vuelve a su refugio, a la lucha incesante, en medio de la cual a veces viene el Señor a reforzarle en apariciones consolatorias.

Su fama le ha venido siguiendo y los hombres tornan a molestar su quietud. Otra vez vuelve a sentir la apremiante llamada de la soledad. Pasa a la orilla derecha del Nilo. En Pispir, cerca de Der – e l – Meimun, en un repliegue de los montes arábigos, encuentra una vieja fortaleza abandonada en medio de un espantoso desierto, sí bien provista de abundante agua. El edificio estaba infectado de serpientes, que huyen a su sola presencia. Convino Antonio con un amigo que le trajese pan dos veces al año (en Tebas duraba el pan incorrupto hasta un año y era costumbre tebana guardarlo para seis meses). Inmediatamente procedió a defender su soledad levantando un muro que le aislase por completo de la vista y trabo de los hombres, de tal forma que ni aun hablaba con su amigo, quien le arrojaba el pan por encima del muro y de igual forma recogía las espuertas que hacía Antonio para huir de la ociosidad con el trabajo de sus manos. Tenía nuestro asceta treinta y cinco años y corría el 285 de nuestra era.

Aquí pasó veinte años sin interrupción. Sus familiares iban muchas veces a verle para hablar con él; las gentes venían a pedirle consuelos, consejos, milagros. Juntamente con esto sentía redoblarse los ataques del diablo. Los ecos de sus luchas eran tan fuertes y ruidosos, que llenaban de pavor a los viandantes que pasaban cerca del lugar. No obstante hallarse encerrado, debían sus palabras poseer tal fuerza de persuasión que, poco a poco, fueron acudiendo las gentes y acampando de manera estable junto a la fortaleza, a fin de beneficiarse continuamente de sus ejemplos y consejos. Un día ya no pudo contenerse la impaciencia de sus admiradores y, uniéndose, derribaron el muro construido por Antonio. Habían pasado veinte años y no se notaban en su rostro ni en su aspecto huellas de la extrema dureza de su ascesis. Todo él respiraba serenidad e íntima pureza. Pronto se llenó la montaña de hombres que iban a pedirle alientos y fuerzas para llevar una vida semejante a la suya. La montaña se llenó de ermitaños. Constantemente resonaban en ella las divinas alabanzas. Se practicaba una pobreza heroica, una caridad perfecta. Los eremitas vivían solos, o en pequeños grupos. Antonio nunca fue, propiamente, su superior; era, simplemente, una norma de vida, un ejemplo a imitar. Curaba enfermos, expulsaba demonios, enseñaba a amar al prójimo con perfección; amaestraba en la lucha contra el diablo, cuyos ardides y la forma de protegerse de ellos conocía perfectamente. San Atanasio, que fue su discípulo, nos ha recogido su doctrina en forma de un largo discurso: Antonio enseñaba que la meditación de los novísimos fortalece al alma contra las pasiones y el demonio, contra la impureza. Si viviésemos, decía, como si hubiésemos de morir cada día, no pecaríamos jamás. Para luchar contra el demonio son infalibles la fe, la oración, el ayuno y la señal de la cruz. El demonio teme, enseñaba, los ayunos de los ascetas, sus vigilias y oraciones, la mansedumbre, la paz interior, el desprecio de las riquezas y de las glorias vanas del mundo, la humildad, el amor a los pobres, las limosnas, la suavidad de costumbres y, sobre todo, el ardiente amor a Cristo.

Era el 305. Acababa de nacer, aun sin propósito premeditado de Antonio, el monacato oriental. Y aunque hubo quienes expresaron sus temores acerca de una posible infiltración de espíritu de independencia y separación de la Iglesia, la probada ortodoxia y la prudencia del Santo lograron que tal género de vida se impusiese poco a poco y terminara constituyendo un inapreciable sostén para la Iglesia de la época.

La soledad de Antonio no era infecunda. Enseñaba a preferir sobre todas las cosas la caridad. Así, cuando en el 311 estalló la persecución de Maximino, Antonio voló a Alejandría con algunos de sus monjes para fortalecer a los perseguidos por la fe y compartir con ellos el martirio. Nadie, sin embargo, se opuso a su propósito ni les infirió daño alguno, de forma que, terminada la persecución, volvieron a Pispir.

Antonio volvió cambiado: había comprendido – y lo supo viendo sufrir a los mártires – que el signo de su vivir era la cruz perfecta. Redobló su ascetismo, multiplicó los ayunos, durmió en la tierra desnuda o en tablas. Nunca se lavó, cambió de ropa, ni usó aceites o perfumes (se piense lo tremenda que es tal mortificación en el Egipto, donde el baño constituye una auténtica necesidad corporal). Y otra vez la llamada del espíritu resonó, fuerte, muy fuerte, en su corazón. Su viaje a Alejandría, su vida entera, le habían hecho más y más famoso entre las gentes, que afluían a él sin cesar. Sintió peligrar su humildad, su silencio. Dios le inspiró de nuevo. Un buen día una caravana de beduinos que iba a internarse en el desierto contempló a un hombre extraño que les pedía unirse a ellos durante el viaje. Vestía túnica de pelos de camello, sujeta por cinturón de cuero; un manto de piel de carnero, con capucha caída por la espalda. Parecía totalmente endiosado.

Fue una larga y dura caminata. Los camellos de los beduinos se internaban por un desierto sin límites, sólo alterado por las dunas; bañado por las noches de un inusitado fulgor de estrellas; abrasado durante el día por el ardiente sol. Tres días con sus noches. A medida que el paso de los camellos iba alejándole de Pispir con sus monjes contemplativos y. sus multitudes ansiosas de curaciones y milagros, Antonio se sentía caminar derecho a la consumación de su vocación. Sabía que Dios le aguardaba en el desierto, lejos, muy lejos de todo.

Llegaron por fin. Habían caminado hacia Oriente, hacia el mar Rojo. Muy cerca ya de éste, en el monte Qolzoum, encontraron un pequeño oasis lleno de palmeras y con alguna tierra laborable. Allí quedó Antonio. Era el año 312; acababa de fundar lo que había de llamarse monasterio de Deir - el - 'Arab.

Los beduinos le proporcionaron una azada y algunas semillas. Algunos discípulos, que no tardaron en visitarle a pesar de los horrores del desierto, le llevaron trigo. Antonio se preocupó de sembrar un trozo de tierra, a fin de poder ayudar a los peregrinos y visitantes. Allí permaneció absolutamente solitario durante dieciocho años, hasta quince antes de su muerte, en que admitió la presencia estable de sus dos discípulos Amathas y Macario.

La vida del Santo en los años siguientes se revela extraordinaria. Regularmente visitaba el monasterio de Pispir, donde le aguardaban sus discípulos y las turbas venían a pedirle milagros. Solamente algunos, los más valientes, se atrevían a visitarle en Deir – el –Arab. Uno de éstos fue San Atanasio, el campeón de la ortodoxia oriental contra los arrianos, quien más tarde escribió su vida, contribuyendo con ello a esparcir por el mundo los ideales de nuestro asceta. Allí le escribió el emperador Constantino pidiéndole sus Oraciones.

Allí refutó filósofos griegos y herejes arrianos, quienes atraídos por su fama y por la circunstancia de que Antonio era analfabeto, fueron a probar su sabiduría. Desde allí combatió el cisma de Melecio de Nicópolis; escribió duramente al obispo Gregorio, suplantador fraudulento de San Atanasio, y a Balacio, quienes habían desencadenado una violenta persecución contra los ascetas y vírgenes ortodoxos; sostuvo el prestigio de San Atanasio.

El 340 fue a visitar a San Pablo, el primer ermitaño. A su llegada. el cuervo que todos los días llevaba a Pablo medio pan como alimento, trajo un pan entero para los dos solitarios.

Antonio se había convertido casi en personaje de leyenda. La fama de sus milagros. de sus doctrinas, de sus austeridades, la noticia de su extremada soledad, habían llenado el mundo de Oriente. Pasaron los años, subido en la contemplación de las noches del desierto, que tan extraño poder tienen para llevar las almas a Dios, para excitar el deseo de los bienes eternos.

Probablemente en el año 355, último de su vida (otros señalan el 338, a la vuelta del primer destierro de San Atanasio), fue a visitar a éste en Alejandría. para animarle y sostenerle con su autoridad legendaria en la lucha contra los arrianos y melecianos. Es indescriptible la impresión que su presencia y sus milagros causaron en la ciudad, donde convirtió muchos herejes e infieles.

Finalmente, el 17 de enero del 356, luego de haber anunciado su muerte, haberse hecho prometer por sus dos discípulos que a nadie revelarían el secreto de su tumba, a fin de evitar honores póstumos; luego de haberles exhortado a la pureza de la fe, entregó su alma a Dios. Antes quiso legar a San Atanasio su túnica de piel de carnero y el antiguo manto que el mismo Atanasio le había regalado y que durante muchos años le había servido de lecho y abrigo. Otro manto dejó a Serapión, obispo de Thmuis. Con ello simbolizaba su unión con la jerarquía y el espíritu de su neta ortodoxia.

En Occidente, desde el 1089, se le comenzó a venerar como abogado contra la peste y epidemias, llegando a fundarse incluso una Orden hospitalaria bajo su advocación.

No obstante la dureza de la vida de San Antonio, podemos apreciar en ella contrastes que nos enseñan cómo algunas veces la santidad suple muchos valores humanos y cómo en otras no solamente no los suprime, sino que los supone y realza.

Cuenta San Atanasio, que le conoció bien, cómo, a pesar de sus ayunos, de su austeridad, jamás exageró. Supo guardar siempre la justa medida; prohibió las demasías en la mortificación entre sus discípulos; enseñó a valorar sobre las cosas exteriores la pureza de corazón y la confianza en Dios. De ordinario mostraba una faz tan resplandeciente de alegría, que por ella le conocían quienes no le habla visto nunca antes. Murió sonriendo.

A pesar de haberse criado y haber envejecido en el desierto, nada se observaba de agreste en sus maneras, sino que todo él respiraba una exquisita educación.

Sorprende su intrépido espíritu apostólico y la integridad de su fe, que le constituyeron en uno de los paladines de la ortodoxia de su tiempo.

No prescribió reglas, ni hábitos especiales a sus discípulos (las reglas que circulan bajo su nombre son apócrifas), pero su influjo personal fue tan hondo que pronto se pobló Egipto, en sus lugares más desérticos y apartados (Celdas, Escita, Nitria), la Siria y el Asia Menor, de monjes que de una forma u otra copiaron su género de vida, que aún perdura en cierto modo entre los monjes del Monte Athos, los cartujos y los camaldulenses.

Sin embargo, la vida de San Antonio encierra una ejemplaridad superior. Es todo un símbolo. Nos dice que los peores enemigos del hombre no son los externos. En la soledad más estricta el hombre lleva consigo su naturaleza caída, propensa al orgullo, a la soberbia interior, a la lujuria, a la que es preciso vigilar y mortificar constantemente si el alma quiere verse libre de sus flaquezas y encontrar a Dios en la paz. Por otro lado, el demonio se encarga de afligir con sus tentaciones (presunción, soberbia, desánimo, falta de fe y confianza) al más retirado de los ermitaños. Es decir, que la vida cristiana es, esencialmente, lucha. Podremos huir del mundo; no podemos despojarnos de nosotros mismos, no podemos evitar los asaltos del demonio, que da vueltas en torno a nosotros buscando a quien devorar, como nos enseña San Pedro. Por eso el desierto se ha convertido en símbolo de lugar de tentaciones y los antiguos lo identificaron muchas veces cual morada de espíritus malignos.

Otra lección del Santo es el inestimable precio de la soledad interior para quien de veras desea darse del todo a Dios. Es menester que ninguna criatura ocupe indebidamente nuestro corazón, que sepamos tenerlo desprendido de todas, de forma que ninguna nos pueda ser impedimento a nuestra carrera hacia la unión con Dios. Espíritu de soledad que, como vemos en nuestro Santo, no es sino una forma superior de caridad, porque solamente el hombre que se ha purificado en soledad, en mortificación, en oración, es capaz de sentir fielmente la caridad y de ejercitarla exponiendo su vida. El solitario, de ninguna manera si es auténticamente discípulo de Cristo se desentiende de los demás. Como puede, desde su soledad, lucha por sostener en la fe, se inmola por su salvación, socorre las almas y los cuerpos. Pocos hombres de su tiempo hicieron tanto bien como San Antonio. La religión cristiana, como enseñaba a sus discípulos para combatirles una desordenada propensión a la soledad egoísta y cómoda, es una profesión, de caridad fraterna.

El solitario no ha de dudar en abandonar su refugio cuando lo piden así las necesidades de la Iglesia y de las almas. Soledad, caridad, las dos inmortales lecciones de San Antonio, o lo que es lo mismo, acción y contemplación, oración y apostolado, dos ejes aparentemente opuestos, pero que se conjugan perfectamente cuando el espíritu que los anima es legítimo espíritu de Cristo. Todos necesitamos ser un poco eremitas si es que, en definitiva, queremos triunfar de los asaltos del demonio y aprender el sublime arte de amar, por Cristo, a nuestros hermanos.

martes, 16 de enero de 2018

Reflexión de hoy

Lecturas



En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
«¿Hasta cuándo vas a estar sufriendo por Saúl, cuando soy el que lo he rechazado como rey sobre Israel? Llena la cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí». Samuel respondió:
«¿Cómo voy a ir? Si lo oye Saúl, me mata.» El Señor respondió:
«Llevas de la mano una novilla y dices que has venido a ofrecer un sacrificio al Señor. Invitarás a Jesé al sacrificio y yo te indicaré lo que has de hacer. Me ungirás al que te señale». Samuel hizo lo que le había ordenado el Señor.
Una vez llegado a Belén, los ancianos de la ciudad salieron temblorosos a su encuentro. Preguntaron:
«¿Es de paz tu venida?». Respondió:
«Si. He venido para ofrecer un sacrificio al Señor. Purificaos y venid conmigo al sacrificio». Purificó a Jesé y a sus hijos, y los invitó al sacrificio.
Cuando estos llegaron, vio a Eliab y se dijo:
«Seguro, que está ungido ante el Señor». Pero el Señor dijo a Samuel:
«No te fijes en las apariencias ni en lo elevado de su estatura porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón». Jesé llamó a Abinadab y lo presentó Samuel, pero le dijo:
«Tampoco a este lo ha elegido el Señor».
Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé:
«El Señor no ha elegido a estos».
Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo:
-«Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.» Entonces Samuel preguntó a Jesé:
-«¿No hay más muchachos?». Y le respondió:
-«Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño». Samuel le dijo:
-«Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa, mientras no venga».
Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel:
-«Levántate y úngelo,de parte del Señor, pues es este.»
Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante. Samuel emprendió luego el camino de Ramá.


Sucedió que un sábado Jesús atravesaba un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.
Los fariseos le preguntan:
«Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?» Él les responde:
« ¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre como entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él». Y les decía:
«El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».

Palabra del Señor.